viernes, 26 de junio de 2015

Lugar de Piedras


 “Así descrito se antoja inexistente, un dislate, una alegoría. Sin embargo no es así. No fue así. Existió en este mundo, en ese tiempo, en aquel espacio.”

Entre la memoria y el olvido, la razón intuye lo que en realidad ha sido: viajar a una dimensión desconocida.

Debí haberme dado cuenta al percibir ese olor azufroso, insoportable al principio e indetectable enseguida. Han tenido que pasar casi cuatro décadas para percibir con meridiana nitidez, las hondas huellas que ha dejado ese hiato en el tiempo. Réplicas de la mitología, crónicas bíblicas, hazañas épicas ocurriendo en ese estado narcoléptico sin traumas, ni secuelas, ni adicciones. Ocurrió en un espacio brumoso, durante un período incierto, dentro de alguna vaporosa escena, en un relato mágico. De límites indefinidos; esa experiencia onírica de la que el alma despierta con la sensación de haber viajado sin equipaje y haber encontrado precaria plenitud.

Se asciende por esa angosta carretera, entre la bruma, donde se adivinan paredes de verde vegetación y lluvia pálida. El viaje se extiende desde eso que Thomas Mann ha descrito como “el país llano” hasta el “Berghoff”. No es Hans Castorp ni tampoco lo son sus motivos. No será un viaje de placer. Es, con esas diferencias salpicadas de paralelismos, una transición, una transformación que deja atrás la arrebolada inconsciencia de la juventud, a la inconsistencia de una edad más adulta.

La carretera se convierte en calles oscuras y éstas en sendero. El sendero se vuelve glorieta, la glorieta se vuelve en castillo chato donde habita Medusa. Esa, quien a su pesar y a su placer arropa nuevos inquilinos. Esa, cuyos otros nombres evocan al oficio mortuorio, imposta una enigmática sonrisa de bienvenida. Más allá, en el remolino febril, están los mortales. Hilando, felices y sin descanso, capullos de largos filamentos y telarañas de brillante textura, vigilados apaciblemente por los dioses y los semidioses del Olimpo. Entre ellos está ese personaje al que llamaremos Stammeln. Iracundo, limitado; implorando a los mortales permanecer ciegos a los encantos de su progenie. Porta en sus manos, el atado de rayos con los que pretende fulminar a aquellos que se apartan de sus designios. Los labios atoran las palabras que salen de la boca. A Stammeln, lo transforma la magia del lugar. No provoca temor, provoca esperanza en los mortales. La esperanza - casi cierta por la torpeza de Stammeln - de poder convertirse en dioses algún día.

Como en todo reino de fantasía, también existe un juglar. Este juglar tiene la sonrisa del gato. No de un gato cualquiera ni tampoco es una sonrisa vulgar. Él tiene la sonrisa que puede intuirse del gato de Cheshire, el del país de las Maravillas. El juglar, como el Gato de Cheshire, aparece y desaparece a voluntad, dejando sólo su sonrisa flotando y a esos espíritus del país llano a merced de la Reina de Corazones. Pero no importa. El juglar, el Gato de Cheshire, solo está para divertir a Stammeln.

Desde el remolino febril, arranca una vereda flanqueada por árboles enanos que conduce hasta el primer cielo. Después de un meandro de ralo asfalto, se vigila la entrada. Sólo los elegidos, los dioses o semidioses tienen la bienvenida franca.   Acá habitan los semidioses. En cada casa hay un jardín. En cada jardín, en su centro, un arbusto saturado de serpientes que, habitando entre las piedras, bajan por las noches anidándose en sus ramas. Cada casa es el paraíso perfecto. Las mujeres no son seducidas por las serpientes. Los semidioses no han sido seducidos por sus mujeres. El sudor de su frente ha sido redimido. El trabajo es un placer y las mujeres gozan el dolor de sus partos. La mayor tragedia ha ocurrido cuando un perro guardián ha preñado a la perra favorita de Mefistófeles, uno de los elegidos habitantes del primer cielo.

La métrica del tiempo y del espacio es diferente e irrelevante. Las horas tienen minutos dispares. Algunas tienen minutos más largos. Transcurren con mayor lentitud. Los días y las fechas en el calendario brincotean de atrás para adelante. Se reducen, se empequeñecen, se disuelven. Los espacios y las distancias no se transitan. Éstos son los que atraviesan la carne y los huesos de sus habitantes.

Hay otro cielo después del primero. Ese, de similar naturaleza, circunscribe a un mar verde, con lunares más verdes, en donde elegidos, dioses y semidioses se divierten golpeando con placer infantil, blancas y cacarizas pelotitas con motivo de conversaciones, misterios, oraciones, frases, recuerdos, infancia. El juego de la vida. El terreno en el que se asoman al mundo con ironía, con sarcasmo y a veces hasta con burla.

Enfocando un poco, tal vez se distinga a la pequeña caravana de pequeños hombres saliendo de sus pequeñas cabañas. No existe Blanca Nieves, por ello es mágico intuir a Sabiondo, a Gruñón, a Tontín y a Dormilón cantando, chocando los pies en el aire al brincar bailando hacia los túneles en donde se ven cubiertos de una blanca fibra; tan brillante, tan pura, que resulta difícil entender su procedencia.

De vez en cuando, de un monstruo alado, desciende un mago. Además del idioma regular, habla en un dialecto que pocos entienden. Insiste en probar sus leyes en la idiosincrasia de dioses y semidioses en ese pétreo Olimpo. El mago intenta exorcizar con sus hechizos y sus fórmulas mágicas los coletazos, las lenguas de fuego y el vuelo de los monstruos y dragones a los que los mortales, los dioses y semidioses se enfrentan con denuedo en alternativos episodios de calma y furia.

Ahí la gloria proviene de someter, de dominar a esos monstruos, a esas bestias de mil cabezas  cuyo destino es engullir la corteza de los árboles, impregnarla en la acidez de su saliva, de triturarla con las navajas en sus dientes, de digerirla en sus metálicos estómagos inundados de líquidos sulfurosos, hasta convertirla en dorado fluido viscoso.

Hay un lugar de aguas cristalinas. Todos estarán advertidos desde su primer advenimiento. Ese será el único mandamiento. “No beberás agua de este manantial, sin atenerte a las consecuencias”. Se extiende desde la desvanecida guirnalda pétrea hasta los límites del país llano. Sus aguas son azules, tranquilas, transparentes. Cubren las piedras cuando las piedras han de ser cubiertas. Es el lugar a cuyas riberas se dan cita las vestales, las valquirias, las sacerdotisas; en blancos atuendos para recibir a los druidas, a los vikingos, a los guerreros águila, a los guerreros tigre. Ellas son hermosas, virtuosas, de cualidades sin fin. Ellos van con la ilusión de elegir y regresan con la certeza de haberlo hecho. Felizmente no se han dado cuenta de que han sido atraídos para ser elegidos.

Regresar en estas líneas a ese tiempo, a ese espacio, es reivindicarlo como una poesía en donde la rima es el lugar. Es una pintura de oleos encendidos cuyo tema es la placidez. Es una obra literaria en donde los sintagmas y las metonimias son los personajes y los paisajes. Es una novela sin protagonistas, sin historia, sin trama, sin fantasma. Así descrito se antoja inexistente, un dislate, una alegoría. Sin embargo no es así. No fue así. Existió en este mundo, en ese tiempo, en aquel espacio.

Sus habitantes y sus paisajes no son homogéneos. Hay diferencias en carácter, en habilidades, en texturas, en cualidades. Los defectos se atenúan y las diferencias se desenfocan bajo el velo sutil de la armonía. Encuentran su lugar en ese espacio amplio donde todo tiene una razón de ser y donde todo parece ser necesario.  Existe el que canta, la pared que divide, la fuente que refresca, la voz que inspira y el amor que arrebata.

Tal vez - aventuro esta inútil hipótesis - la razón, la causa de esta insólita magia, es que al conjunto de sus habitantes lo compone una nutrida proporción de aprendices de brujo. Poseen los secretos de la materia, de la energía y de la relación entre ellos. Aspiran matemáticas y exhalan soluciones. Pergeñan estrategias, revisan rutas y caminos por los que hay que transitar en ese pequeño universo abundante en piedras y manantiales. Intuitivamente han construido un alambique mágico en el que destilan los aromas y las esencias, separando éstas y aquellas, del distópico y pestilente fango, encajándolo, enterrándolo más allá del país llano. En el fango se revuelven las envidias y las soberbias. Las lujurias y las iras. Las avaricias y las gulas. Así, en plural. Porque son iguales por su naturaleza pero distintas por su procedencia.

En su tejido, en los pliegues de este espacio hay incrustados mitos y leyendas. Como la de Himmelsstrich, aquel dios mayor cuya memoria era tan portentosa que atravesaba las barreras cronológicas. Cada vez, al regresar al Olimpo pétreo, llamaba por su nombre a todos, aún a los que jamás había visto.  Cada piedra, cada grieta, cada pared tenía su nombre. Himmelsstrich los conocía todos. En su cerebro se acomodaba el mapa del Universo.

Existió también Gottenklein, aquel que rehusó ser elegido y se empeñó en convertirse en elector. Soñó vívidamente que lo conseguía y despertó el enojo en un sueño de Stammeln. En el sueño de Stammeln, Lärmend, pariente lejano de Gottenklein, habría raptado y deshonrado a Sabina, la prometida de Hermes Ingenui, hijo de Stammeln. Al despertar, Stammeln coronó a Gottenklein con ramas de olivo, casó a Sabina con Hermes y desterró a Lärmend al país llano. Para Stammeln sólo ha sido un mal sueño. Para el Olimpo, Lärmend volvió en leyenda.

Lugar de piedras. Rugosidades que sobresalen con natural ocurrencia en este espacio. No son como las de Stonehenge, ni como las que se apilan en Chichén, o las percibidas en Giza; construidas por los mortales para sus dioses. Estas piedras, las de este lugar, han sido engendradas por Curicaveri, el dios fuego. Paridas y amamantadas por Cuerahuáperi, la diosa luna. Los dioses purépechas las han concebido para sus hijos los mortales. Aquel que se ha quedado, o aquel que se ha ido, habiendo estado ahí, tendrá girones de su alma atorados en esas piedras.

En el Universo, en el Cosmos, en donde todo es energía, es espacio y es tiempo; la realidad es intangible. Es un constructo mental incrustado, originado, impuesto; por los principios de la antropía. En suma: la realidad es percepción. Si entonces no fue así, y ahora lo percibimos diferente, entonces, el inamovible pasado ha cambiado.

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco, México

jueves, 14 de mayo de 2015

Cómo dibujar una novela, de Martín Solares

O cómo explicar la fascinación por una obra literaria
Martín Solares, Ediciones ERA, 2014

Las primeras preguntas planteadas: ¿Es ésta una lectura, un ejercicio, dirigido a escritores o a lectores? ¿Para cualquier escritor? ¿Para cualquier tipo de lector?

Como toda buena obra, literariamente hablando, a cada lector sea escritor o no, su lectura le dejará sensaciones, sentimientos y emociones. Ésas y ésos que siempre se entretejen en un buen texto. Esta obra es mejor comprendida y valorada si, además, se conoce al autor. No es, precisamente, que lo conozca. No puedo presumir de considerarme su amigo, sino sólo de haber tenido la fortuna de asistir a uno de sus talleres y de haber compartido con él, una taza de café en ese abigarrado estanquillo de la esquina. Ahí lo conocí. Lo conozco un poco más a través de su, por ahora, única novela y por este extraordinario libro: “Como dibujar una Novela”.

Es éste un libro generoso, como generoso es Martín Solares al compartir con sus lectores, las razones ocultas y expuestas, más allá de los sintagmas y las metonimias, de por qué una obra nos dejó fascinados.

Cita, ejemplifica, expone a innumerables autores, a multiplicidad de obras, a diversos críticos literarios y a ensayistas. Martín redondea a ésos y aquellos, dándole sentido, poniendo en el centro de la escena, el disfrute de una buena lectura. Tal vez ésta no era originalmente la intención del autor. Más aún; aventuro la hipótesis de un efecto colateral: leer esta obra haría lectores diferentes. No mejores ni peores. Más enterados eso sí, aunque ruego que no sea al extremo de convertirlos en pedantes estirados, de ésos que nos contemplan desde arriba, a los lectores menores.

Sobra decir que atrás de Martín y su obra, se extiende una amplia cauda de conocimientos, experiencias y talentos, de los cuales me siento incompetente al tratar de describirlos, sin embargo debo decir que no cualquiera puede reducir, con esa brillantez, a Mijail Bajtín, a Roland Barthes y a Umberto Eco a epígrafes y a notas a pie de página. Un crítico[1] lo ha tildado de “superficial”, ha dicho que sólo “sobrevuela en sueños sin tocar tierra”. La primera aseveración es falsa, la segunda es un poético, pleonástico y no intencionado elogio. ¿Quién no sueña? ¿Quién no se despega de la tierra al leer un buen ensayo? ¿Habrá alguien o algo que – soñando o sin soñar - sobrevuele tocando la tierra?

Existe una innegable relación entre esta obra y los talleres que imparte Martín Solares. Sin embargo la obra no sólo es el contenido de los talleres, ni los talleres son sólo la obra. Podríamos confundirnos al concluir que esta obra es el taller y que, al leerla obtendríamos un ungüento, “una suerte de remedio para las enfermedades profesionales del narrador” citando a ese mismo crítico. Es una receta equivocada. El autor, su obra y sus talleres estarían siendo descontextualizados.

Los talleres de Martín son caóticos, en la acepción matemática del término, si todos fueran como el que yo asistí. Dinámicas aparentemente erráticas e impredecibles aunque en principio su formulación sea determinista. Una buena parte es asignable a los participantes – escritores bisoños con hambre de ser leídos o publicados – otra más es añadida por la ineficiencia proverbial de las instancias gubernamentales encargadas de la organización y, finalmente, una buena cuota proviene de la generosidad de Martín, quien a todos quiere escuchar y aconsejar.

He leído otras obras, con temas relacionados. Se puede decir que el trasfondo de este libro no es del todo original. ¿Qué hay intrínsecamente original en estos tiempos después de decenas de milenios de lenguaje hablado, más de 4,000 años de escritura y 500 años de la invención de la imprenta? La obra de Martín Solares me recuerda las apostillas al final de “El nombre de la rosa”, en donde Umberto Eco hace una suerte de “making-of” sobre la escritura de esta novela. También me recuerda el ejercicio hecho por Roland Barthes en sus conferencias de los años 1978-1980, en el Colegio de Francia y cuyas memorias se recogen en la obra: “La preparación de la novela”.

El título le hace un flaco favor a la obra: “Como dibujar una novela”. Me llevó a pensar en una especie de manual técnico en donde la simbología, las formas, las filigranas, encontrarían espacio para describir lo indescriptible. ¡En dos dimensiones! Una empresa digna de físicos teóricos y matemáticos puros, tratando de plasmar en una hoja de papel la “Teoría del Todo”, en donde se vería, nítidamente además, las once dimensiones del “multiverso”. No, afortunadamente no es eso, es otra cosa.

Diagrama de Feynman
Una de las genialidades de Richard Phillip Feynman, reputado físico teórico, ganador del premio Nobel de Física en 1965, ha sido el haber desarrollado los famosos “diagramas de Feynman” como una forma de comprender las interacciones entre las partículas subatómicas. Esta “ocurrencia” de Feynman es equiparable a la de Martín Solares, toda proporción guardada entre los temas y su complejidad, porque ambas ayudan a desatar la imaginación, a destapar la comprensión de fenómenos complejos. Los garabatos de Martín Solares son a la comprensión de una novela, como los diagramas de Feynman a la comprensión del mundo subatómico.
¿Quien mató a Palomino Molero?

El libro está escrito con emoción. La misma emoción que contagia Martín Solares en sus talleres. Concuerdo plenamente con el texto en la segunda de forros del ejemplar que poseo: “Y su emoción emociona. Dan ganas de ir a leer libros que no conocemos.” Por lo tanto provoca insatisfacción. En este punto, no puedo resistir la tentación de citar a Oscar Wilde, como lo ha hecho ya Christopher Domínguez, cuando dice que “el tabaco es el placer perfecto porque siendo exquisito nos deja insatisfechos” En este caso me parece que el cigarrillo de Martín Solares, no será el único que se encienda. Al leerlo, entrañarlo, el libro dejará plena y placenteramente insatisfechos a muchos buenos lectores.

El capítulo "Viaje alrededor de un relato" en donde se cuenta el resultado de las sesiones para comparar diversos textos y la versión definitiva de "Pedro Páramo", la novela de Juan Rulfo, merece discusión aparte. 

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco, México



[1] El dibujo de Martín Solares, Christopher Domínguez, Reforma 10/05/2015

jueves, 8 de enero de 2015

La Insoportable Levedad del Ser: Kundera Reflejado



Una novela con insinuaciones metafísicas. Intensa de principio a fin. No apta para lectores buscando una rápida recompensa. Nutricionalmente hablando: no contiene azúcar, tiene cierto contenido proteínico, no tiene saborizantes artificiales, es difícil de digerir, posee propiedades astringentes, y está fuertemente condimentada. Si tuviera que envolverse o empacarse tendría que incluirse la leyenda: “…este producto es universal, queda estrictamente prohibido usarlo para fines políticos, filosóficos u otros distintos a los establecidos en la novela.”, por aquello de la carga ideológica derivada de los acontecimientos en la primavera de Praga, en 1968.
Praga 1968, en primavera.
Tomás: perniciosamente mujeriego, infiel por necesidad, amorosa e irremediablemente ligado a Teresa por seis misteriosas y surrealistas casualidades.
Teresa: escuchando los sonidos crepitantes de sus entrañas, llevando a cuestas la imagen de la madre odiada y comprendida a la vez, documentando con sus fotografías la tragedia checa provocada por la invasión rusa.
Sabina: el sombrero hongo sumergido en el río de Heráclito, cambiando su significado hasta aterrizarlo en los terrenos de lo escatológico. Evaporándose y condensándose en los alambiques de la traición. Sabina, la sensual pintora, adornándose con el negro sombrero hongo, asistiendo semidesnuda a la cita con Tomás y con el espejo. La amante perfecta. Amiga ocasional de la traicionada Teresa que baila el ritmo de su marido y sus amantes.
Los tres personajes se azotan contra la realidad aumentada de la primavera de Praga. La emoción por una mejor forma de vida se enciende y se apaga en solo unos meses, dejándolos en una orfandad ficticia carente de sustento. No hay nada que añorar del pasado, ni que esperar del futuro. El pasado es igual que el presente y será lo mismo que el futuro.
Kundera arrastra a sus personajes a su coyuntural visión del universo. Los dobla – metafóricamente hablando - hasta hacerlos tocar el suelo con la nariz, para recibir el nauseabundo olor de sus propios excrementos. Lo intenta con el lector también. Eso - en mi opinión - es lo fenomenal de Kundera. Casi te convence cuando habla de la teología de la mierda y de los perros con alma.
Decir que la novela se centra en los amores atormentados de sus protagonistas es hacerle un flaco favor a Milan. Alejándose un poco, tomando distancia de los protagonistas, desconectándose – como si esto fuera posible – de los sentimientos que los embargan, podemos claramente enfocar el desencanto de Kundera – coyuntural tal vez - por la vida. Ese desencanto es el protagonista soterrado de la novela. Las vidas de los protagonistas y ellos mismos, son el escenario y la tramoya para transportar ese mensaje. El mensaje no va dirigido al lector. Kundera se lo dirige a sí mismo. – “¿Acaso no es cierto que el autor no puede hablar más que de sí mismo?” – se pregunta Kundera. Es un mensaje oculto transformado, encriptado, codificado, confinado en una botella de cristal. Es lo más parecido a una justificación. ¿Cómo no estar desencantado, si la levedad, si la fragilidad, si la infelicidad ha estado y está en cada rincón de Praga?
Son las oscuras aguas del rio en donde flotan los bancos vistos por Teresa desde el puente. Es Sabina, Tomás y Teresa, tratando de no ahogarse dentro del viscoso ambiente kitsch descrito por Kundera y que, por supuesto, hace insoportable la levedad de ser. No se puede ser ligero, leve, fuera del río espeso de un mundo kitsch. Y si se pudiera, naturalmente sería insoportable.
Kundera hace de un vulgar triángulo amoroso formado por un mujeriego patológico, una camarera resucitada en fotógrafa y una pintora narcisista, todo un tratado de las relaciones amorosas en situaciones extremas. Las perversiones son salpicadas aquí y allá para darle un sabor oscuro y pecaminoso. Insinúa para-filias, provoca falsos dilemas, reta al lector a hundir sus emociones y razonamientos en el terreno fangoso de lo aparentemente incorrecto.
Al mismo tiempo, Kundera el escritor, el exiliado, intenta redimirse en Tomás. Lo usa para expresar sus propios sentimientos de culpa. Kundera al escribir esta novela, junto con Tomás al condenarse al ostracismo profesional, se saca los ojos como Edipo. La ignorancia de los hechos no justifica las transgresiones al mundo kitsch. El incesto y el parricidio son las razones en Edipo. El exilio es la razón de Kundera. Por el contrario, Tomás se saca los ojos, se auto inmola optando por el ostracismo, redimiendo de esa manera, el exilio de Kundera y el silencio de los checos.
Con la narrativa, el ritmo, los tiempos, complicados a veces, confusos en momentos, se cierran, se amarran, se complementan y se completan. Inopinadamente, germinan y florecen en el momento justo y con el ritmo adecuado. Es, sin duda, una de las mejores novelas que he leído.
Basándose en esta novela, se produjo la película homónima. Daniel Day-Lewis, Juliette Binoche y Lena Olin, soberbios actores. Muy bien lograda, para mi gusto, tomando en cuenta las conocidas limitaciones del cine, en términos de extensión y profundidad. Las imágenes de Praga y las actuaciones de los protagonistas suplen espléndidamente estas limitaciones.
Es curioso notar que la película y la novela se complementan en términos de su comprensión, por lo menos para un lector/espectador como yo. En la película se percibe mucho más nítidamente, la forma – tan diferente - como experimentan la infidelidad los hombres como Tomás y las mujeres como Teresa.
No debo terminar este examen, sin antes invitarle a usted, querido lector(a), a que lea esta espléndida novela. O a usted quien la ha leído ya, a que la vuelva a leer. Esta es una de esas obras que, leyéndola repetidamente, se encuentran los diferentes ángulos que, como espejos móviles, reflejan luces diferentes.
Una leyenda precautoria final: no la lea si no quiere que le hagan pensar, y tampoco lo haga si es una persona que, tal vez sin darse cuenta, está sumergida en el espeso mundo kitsch.

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco

domingo, 2 de noviembre de 2014

Tal vez deba volver a empezar...




La vida, el mundo, el universo se ven diferentes desde adentro. Las luces desiguales en su arreglo y en su intensidad, las calles dispersas, los sonidos discordantes y la música en la radio obstruyen mis sentidos. Aquello que oigo y veo, afectan irremediablemente lo que pienso y siento.



Aunque en realidad no se puede llamar pensar o sentir a lo que en este momento pasa por mi mente y en mi alma. ¿Qué es pensar? ¿Qué es sentir? Pienso que no son cosas separadas. Siento que no son acciones que puedan ser excluyentes una de la otra.



Cierro los ojos e intento pensar. ¿Qué hay que cerrar para intentar sentir? La interpretación de “Canzone Arrabbiata” se abre paso dispersando megahertz y decibelios, golpeando el aire, buscando tímpanos que sacudir, neuronas que excitar, pero… ¿Cómo es que llega al alma? Cada estrofa, cada nota de la canción, cada luz y cada automóvil en el apretado tráfico modifica lo que estoy pensando y lo que estoy sintiendo. Al final de cada cadena de pensamientos se coloca la idea de que tal vez deba empezar de nuevo. Solo tal vez.

Estacionado, obstruyendo la salida de alguna casa u oficina, frente al volante, cierro los ojos e intento respirar profundamente. Inhalando, conteniendo por instantes todo el aire que puedo dentro de mis pulmones. Exhalo lentamente. El aire sale. Tengo plena conciencia de que abandona mi cuerpo. No quiero que ese mismo aire regrese y no estoy seguro de querer que otro aire, más fresco, entre en mi cuerpo. Pospongo por un instante infinito la decisión de volver a inhalar. Tal vez, y digo tal vez, porque no he terminado de decidirme, deba empezar de nuevo.

El acto reflejo de respirar, de inhalar y exhalar repetidamente aire vital, sin descanso ni pausa, toda la vida, desde el nacimiento hasta la muerte, se confronta con mi propósito de posponerlo. Forcejea sorprendido. Hay decisiones vitales que, en forma natural, no han sido dejadas al ser humano. Se toman en automático, sin consultar al consciente. Volver a inhalar. Volver a empezar.

Atrás, muy lejos en el tiempo quedaron la enjundiosa “Canzone Arrabbiata”, el tráfico, las luces y las calles. Amplificado, elongado, inmenso, continúa el instante durante el cual sigo postergando la decisión de volver a inhalar. ¿Cuántos pensamientos caben en ese instante? ¿Cuántos sentimientos pueden embutirse, anudarse, absorberse en esos mismos pensamientos? Me abruma la idea de que, si la vida me hubiera dejado la decisión de respirar, tendría que haberla tomado más de 600 millones de veces, hasta ahora. Volver a empezar 600 millones de veces.

La exhalación prolongada, la contención forzada, el postergado momento en el cual decido volver a inhalar, abre el espacio para el primer pensamiento. Decido pensar en algo importante. La canción que más me gusta, el amor de mi vida, el amigo que más atesoro, la más fiel de mis mascotas, la mirada de mi madre, ese atardecer sobre el mar, la luna de aquella noche en el horizonte, la risa de mis hijos, los honrados espíritus del país llano. La tiranía de la múltiple disyuntiva exige, reclama, arrebata, se posesiona de la amplitud del momento.

Las posibilidades se multiplican. La forma verbal del pretérito del subjuntivo, que expresa hechos no ocurridos, adquiere cuerpo y existe en la mente ocupando el espacio de los deseos no cumplidos. Hacia allá volaron mis pensamientos. El libro que no escribí, el árbol que no planté, el viaje que nunca hice, el amor que no expresé, las lágrimas que no derramé, el punto cardinal al que no me dirigí, la ciudad que no visité, la alegría que perdí, el barco que sin mí zarpó, el ancla que jamás levanté....

La placidez y la añoranza, se aprietan en ese poderoso instante para dejar espacio a la sordidez y a la desesperanza. La amistad que traicioné, la ambición que me quebró, el tiempo que perdí, la lujuria que me cubrió, el hermano que defraudé, el odio que alimenté, el perdón que no otorgué, la culpa que sentí, el olvido que no llegó....

Regreso ahora a ese instante. ¿Cual pensamiento, cual sentimiento debe embargarme primero? No lo decido aún. No he decidido volver a inhalar.

Tal vez deba empezar de nuevo, con cada respiración. Volver a empezar de nuevo en forma refleja, sin descanso, sin pausa, contando todas y cada una de las millones de veces que me quedarán por respirar. Millones de oportunidades para curar la desesperanza y para dar espacio a la placidez y la añoranza.

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco.

sábado, 6 de septiembre de 2014

Crónicas Setenteras

Creedence Clearwater en el túnel del tiempo.




Ubíquese mi estimado(a) lector(a) en la parte temprana de la década de los 70´s del siglo pasado. Si mi estimad(a) lector(a)... del siglo pasado. Si usted ya se acerca a cumplir seis décadas de habitar en este planeta tendrá recuerdos, malos o buenos, pero recuerdos al fin, de este singular período. Largas patillas, acampanados pantalones Topeka, cortas minifaldas y ajustados "hot pants". El estreno de "El Padrino", la primera por supuesto que todavía no se sabía de las secuelas, de "El Golpe" con su ingeniosa trama, tramposa pero justificada, de "Butch Cassidy" y su tema musical "Raindrops falling on my head". Las aglomeraciones a la entrada de los Cines Variedades, Avenida, Diana, Metropolitan y varios mas, para ver cualquier película que se exhibía. Ya en algunos no se permitía la permanencia voluntaria. En la radio, Canal 58, Radio Internacional y el Canal 14.10 que no recuerdo como se hacía llamar, lanzaban al aire con muchos hertz y pocos watts las melodías de moda. Bee Gees, Cat Stevens, Rolling Stones, Beatles y por supuesto Creedence Clearwater Revival. Si, estimado(a) lector(a), ya desde entonces era un "revival". Los más izquierdosos, que era una tendencia muy marcada, Pablo Milanes, Silvio Rodríguez, Óscar Chávez y Mercedes Sosa, ambientaban la melancolía provocada por la caída de Salvador Allende en Chile.
La fiesta en la siguiente cuadra, organizada para celebrar cualquier cumpleaños o con cualquier pretexto o sin pretexto alguno, era el motivo para urdir los mas extraños procedimientos para colarse en ella. La ocasión ameritaba el tomar prestados los pantalones topeka acampanados color caqui (broma escatológica aparte, acerca del nombre del color asignado), bañarse con shampoo para que el pelo largo luciera, ponerse chorros de "English Leather" sobre cara, cuerpo y ropa, y rasurarse por segunda o tercera ocasión en la vida.
La reunión en la casa de uno de los cuates de la prepa, para planear la irrupción casi forzada en el sitio de la fiesta. Oír un apreciado disco de Los Beatles para hacer tiempo. Responder con ingenuas y casi idiotas explicaciones a las preguntas de la mamá de nuestro anfitrión sobre el sospechoso comportamiento. - "Vamos a hacer un trabajo de equipo.." - "Como no tenemos máquina de escribir, vamos a la casa del Gordo Campos..."  "Tenemos que hacerlo el domingo porque tenemos que entregar el trabajo mañana..."
Ya en la fiesta, nadie se daba cuenta de nadie. Todo mundo te suponía invitado y al poco rato ya estabas tomando la posición de "disc jockey", es decir de "Al Capone", el que pone los discos.
Decenas de jóvenes bailando apretados en la sala de la casa, otros agrupados en la cocina y muchos más en la cochera. Las niñas con sus acicalados vestidos, con el largo pelo cayendo plácidamente sobre sus hombros, sentadas en las sillas del comedor o en el sofá de la sala. Cortas miradas buscando al muchacho que les gusta. Jóvenes imberbes evitando la mirada de las chicas con las cuales no les gustaría ligar y viceversa.
Y al final de una melosa y lenta canción de Julio Iglesias se hace un silencio que pareciera largo sobre todo por el lento comienzo de la siguiente:

Born in the Bayou:

https://www.youtube.com/watch?v=wIjUY3pjN8E


¡Y la fiesta se enciende! Al escuchar el "intro" de la melodía no hay ser viviente en la fiesta que no se ponga a bailar. No importa a quien sacas a bailar, la música te envuelve y te transporta a un lugar tan lejano como tus neuronas.

"Now, when I just was a little boy,
Standin' to my Daddy's knee,

My poppa said "Son, don't let the man get you 
And do what he done to me."

Born in the bayooouuu...!
Born in theee baaaayou...!

Cantas con una pronunciación muy parecida a la canción sin entender nada de lo que dice. Pero no importa. En la música, la batería y el bajo toman precedencia. Tampoco importa como bailas, todos lo hacen como chapulines en comal, frenéticamente hasta alcanzar el clímax de la canción. En rápida secuencia se suceden sin pausa "Proud Mary", "Hey Tonight", "Lodi" y bajando la intensidad "Have you ever seen the rain", hasta que el hermano de la cumpleañera se apodera del estereo "Fisher" y le baja la presión a la fiesta reproduciendo "Una pálida sombra" con Procol Harum. El calor infernal y la atmósfera irrespirable te expulsan a la cocina a buscar una bebida. Sin el paroxismo que te causó la explosión musical del Credeence te permites recorrer con la mirada a los que participan de la fiesta y es entonces que te encuentras inesperadamente con los grandes ojos cafés y la esplendorosa sonrisa de la chica que te gusta.

Aunque supones que no tienes ninguna oportunidad con ella, te armas de valor y le pides que baile contigo la siguiente pieza, solo para comprobar que tus predicciones eran ciertas. El güero alto de ojos verdes te había ganado el punto.
Pero bueno, ya eran las 9:30, justo el límite de tiempo para alcanzar el camión que te llevaría al centro para alcanzar el último camión de la Ruta 74 "Tres Colonias Jardines Alcalde" que podría llevarte hasta tu casa.
Tienes justo un peso en el bolsillo para cubrir los 80 centavos que tendrás que pagar por los dos camiones por tomar. No hay margen para el error. Unos minutos que te tardes tendrás que tomar un taxi para que te lo paguen llegando a tu casa.
Sentado en la banca del último camión repasas, como lo hago hoy, de lo fenomenal que estuvo la fiesta. Aunque hoy agrego que con muy poco tiempo, nada de alcohol y nada de sexo tuviste entonces una noche espectacular. 

O solo es el tiempo que me lo hace ver así.

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jal.

Born in the Bayou, CCR

martes, 14 de enero de 2014

Casta Diva


"Casta Diva che in argenti queste sacre antiche piante…"


Unas veces tildada de aburrida y otras de elitista la ópera resulta polémica incluso entre aquellos a quienes les gusta. En los tiempos que corren, con tantas formas de excitar audiovisualmente los sentidos, la ópera resulta caduca e insípida a mucha gente. En mi propia experiencia debo decir que la ópera tiende a ser disfrutada por personas de mayor edad aún cuando en su juventud pudieron haberla detestado. He sabido de jóvenes que se refieren a ella como "un aburrido canto de cetáceos". En nuestro país, México, asistir a un buen espectáculo de ópera resulta difícil. Las producciones son caras, poco demandadas y por lo tanto poco ofrecidas.

El término ópera significa "obra", derivado del latín "opus" y puesta en un escenario teatral, la ópera combina letra y música ejecutada por los actores – cantantes. A menudo es acompañada por una orquesta y se ejecuta en una casa de Ópera. Se podría decir que la ópera es el antepasado viviente de los musicales, tanto en el teatro como en el cine. La ópera inició en la Italia del Siglo XVI cuando Jacopo Peri escribió en 1598 "Dafne" en Florencia. El Bel Canto dominó en el Siglo XIX y éste se considera la época de oro de la ópera.

El recitativo con énfasis en la trama y el aria, en donde las emociones son expresadas de una manera mayormente melódica, definen la forma en que una determinada ópera es cantada. Por su género y registro, los cantantes hombres se definen como castrati, tenores, contratenores, barítonos y bajos. Las cantantes de ópera a su vez, pueden ser sopranos y altos.

En 2013, la Operabase, registró cerca de 24,500 puestas en escena programadas, de las cuales en Alemania tuvieron lugar 7,230, cuatro veces más que en Estados Unidos, el siguiente en la lista. Rusia, Francia, Austria, Italia, Reino Unido, República Checa, Suiza y Polonia completan los 10 países con mayor número de puestas en escena. Viena, Berlín, París, Moscú y San Petersburgo, en ese orden, son las ciudades con mayor oferta operística. Los cinco autores más interpretados, en el 2013, fueron Verdi, Puccini, Mozart, Wagner y Rossini. Del mismo modo La Traviata de Verdi fue la obra más ejecutada seguida por Carmen de Bizet, La Bohéme de Puccini, La Flauta Mágica de Mozart y Tosca también de Puccini.

Como compositor Bellini ocupó el decimosexto lugar y su ópera Norma se colocó en el lugar número 48 dentro de las más ejecutadas en el 2013. Casta Diva, es una aria, una cavatina, un adagio que por su belleza y dificultad interpretativa constituye el centro de ésta ópera. Es quizás el aria de soprano más conocida en toda la historia de la música.

María Callas
Norma es una tragedia lírica en dos actos con música de Vincenzo Bellini y libreto en italiano de Felice Romani, basado en la obra de Alexandre Soumet. Estrenada el 26 de diciembre de 1831 y protagonizada por Giuditta Pasta, se coloca en el género romántico que a diferencia del clasicismo que se envuelve en temas de la antigüedad clásica o del Renacimiento, busca ambientes lejanos en la edad media y en las tradiciones de los pueblos prerromanos. Su trama se sitúa en el Siglo I, cuando los romanos dominaban las Galias. Norma, es la suma sacerdotisa druida quien ha sido por mucho tiempo la secreta amante de Polión, el procónsul romano y de quien tiene dos hijos ocultos. Adalgisa es una joven y vestal sacerdotisa en el templo druida y el nuevo objeto del amor de Polión. Norma trata de acallar por todos los medios la rebelión druida contra Roma, buscando la paz entre los dos pueblos y así, no perder a su amado. El canto de Norma por la paz es Casta Diva y es una plegaria a la luna. La trama es intensa. Combina el sentimiento del pueblo druida por liberarse del yugo romano, los celos de Norma al ser sustituida en los favores de Polión por una amante más joven, la seducción de la vestal e inocente Adalgisa, la confusión de Norma que pretende matar primero a sus hijos para vengarse de Polión y luego querer suicidarse proponiéndole a Adalgisa que los adopte y los lleve a Roma con ella y su antiguo amante. Adalgisa se rehúsa. Al rebelarse, los galos reclaman una víctima propiciatoria y Norma anuncia que la culpable no es otra que una sacerdotisa que profanó sus votos y le dio su amor a un romano. Cuando va pronunciar el nombre de Adalgisa cae presa de sentimientos contradictorios entre la lealtad a su pueblo, el amor al romano y los remordimientos por haber traicionado sus votos. La culpa de Adalgisa es la suya y en medio del asombro general pronuncia su propio nombre declarando su amor por Polión. (Qual cor tradisti). Polión, conmovido, decide subir a la pira para morir con Norma.

Norma, el personaje central de la ópera, fue interpretada por Giuditta Pasta en su estreno, y posteriormente por las cantantes más virtuosas y famosas de todos los tiempos. Rosa Raisa, Claudia Muzio y Rosa Ponselle en los años veinte y por María Callas en la posguerra. Montserrat Caballé, Beverly Sills y Renata Scotto en los años setenta. Y ahora por las más connotadas sopranos. La grabación más antigua data de 1937 y en ella Norma es interpretada por Gina Cigna. Casta Diva ha sido usada como tema musical en "Los Puentes de Madison" (1995) de Clint Eastwood y en "La Dama de Hierro" (2012) de Pyllida Lloyd, entre otras.

Luciano Pavarotti al escuchar a Joan Sutherland cantar Casta Diva, la llamó "la mayor voz femenina de todos los tiempos". No obstante el comentario del maestro Pavarotti y por mi condición de simple diletante de la ópera yo prefiero la de María Callas y la grabación de su concierto en vivo, en Milán en 1956 es extraordinaria.

Mi gusto por esta y otras arias destacadas en diversas óperas, me llevó a hacer esta modesta investigación y, haciéndolo, ampliar un poco mis conocimientos del tema. Al compartirla con usted, mi muy estimado(a) lector(a), mi intención es hacerlo(a) mi cómplice e inducirlo(a) a disfrutar el oculto placer de la ópera. Haga "click" en el enlace al final y disfrute de la extraordinaria cavatina interpretada por la también extraordinaria diva María Callas.

José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco, México

María Callas, Norma, Casta Diva
http://www.youtube.com/watch?v=MBW5a77wINQ#t=74


 


 


 


 

sábado, 4 de enero de 2014

La Técnica y el Arte



 "Yo quiero pintar lo que siento y sentir lo que pinto"
Vincent Van Gogh


"Noche Estrellada" Vincent Van Gogh - 1889
Mi tatarabuelo Timoteo Salas fue ebanista. Se cuenta en la familia que elaboraba finos muebles de muy buen gusto y buena manufactura. Muy útiles y prácticos y por lo mismo de gran valor, independientemente de su precio o de su costo. Mi bisabuelo José Salas, al iniciar el Siglo XX, fue constructor de berlinas, una suerte de carruaje de cuatro ruedas con muelles. Fue el carrocero de elección de los hacendados en decadencia de esa época y de esa región. La irrupción de automóviles y camiones lo dejó sin trabajo. Dominaba, además del trabajo de la madera, las técnicas que tenían que ver con la manufactura de los ingenios mecánicos que permitían el movimiento y con otras más, relacionadas con la transformación de metales en piezas para el funcionamiento de tales carruajes. Sus obras eran más bien trabajos y tenían un valor fundamentalmente utilitario. Mi tío abuelo Salvador Salas fue carpintero profesional y este oficio fue su medio de subsistencia durante toda su vida. La manufactura de muebles por encargo, su especialidad. Piezas de gran utilidad pero de gusto y manufactura acorde solo al ordenante de dicha pieza. Generalmente su valor era menor a su precio y a su costo. Mi hermano Víctor Manuel fue carpintero aficionado y por algún tiempo fue solo uno más de sus pasatiempos.

Sin menospreciar el trabajo de nadie de estos en mi árbol familiar, no obstante que los últimos se beneficiaron de los avances tecnológicos, los primeros resultaron mayormente reconocidos por sus obras en este particular oficio: el trabajo con la madera.

La técnica es el conjunto de procedimientos y recursos, así como la pericia o habilidad para usarlos. De la técnica se sirven las ciencias y las artes. El valor de una obra o trabajo tendrá que ver necesariamente con la calidad y la cantidad de las técnicas involucradas. La habilidad, la pericia, los conocimientos, los recursos (incluyendo las herramientas) y el esfuerzo involucrados nos darían un trabajo de mayor o menor calidad. De mayor o menor valor. El precio y el costo, en una economía de mercado, serían fijados por factores externos. Y lo seguiríamos haciendo si, y solo si, lo primero excede a lo segundo.

¿Cuándo entonces, un resultado se transforma en una obra de arte?

¿Cuándo, cómo y por qué los lienzos pintados por Van Gogh pasaron de ser emplastados brochazos, sin valor aparente, a las apreciadas obras de arte de hoy en día? ¿Cuando algo excepcionalmente bien hecho se transmuta en una pieza de gran valor?

En estos tiempos, nos inunda y nos arrastra la llamada tecnología en su acepción de artilugios electrónicos que nos resuelven de forma efectiva aunque poco eficiente, nuestras necesidades reales o ficticias de comunicación, de información, de cálculo, de análisis y de entretenimiento entre otras más. Walter Isaacson, el biógrafo autorizado de Steve Jobs, nos describe en su libro como fue que el co-fundador de Apple sentía que su mayor contribución había sido bordar en los límites entre la tecnología y las artes. La genialidad de Jobs radicó fundamentalmente en haber tirado de todos los hilos a su alcance para generar dispositivos, código, sistemas operativos, contenidos, conveniencia y simplicidad para garantizar una experiencia del usuario excepcional. Apple y Jobs no inventaron ni el teléfono celular, ni las tabletas electrónicas, ni las computadoras, ni los reproductores de música portátiles pero a partir de ellos crearon un concepto que a fuerza de ser excepcional, ha sido adoptado por el mundo entero. Muchas de las cosas que han hecho en Apple, bajo la dirección de Jobs, pueden muy bien ser consideradas como obras de arte. Desde sus oficinas corporativas en Palo Alto, pasando por el diseño de su sistema operativo iOS, el diseño de sus dispositivos, sus contenidos y hasta algunas de sus tiendas de venta directa.

Tal vez la diferencia entre una obra común y una obra de arte estriba en la dedicación y la pasión involucrada en el proceso creativo. En el caso de Van Gogh y de Jobs, fue de una obsesiva pasión, por el color en el primero y por la perfección estética en el segundo.

Las obras y resultados simplemente utilitarios, aunque necesarios, hacen que los individuos obtengan satisfacción en la mayor parte de las necesidades del ser humano (fisiológicas, de seguridad, amor y pertenencia, autoestima y reconocimiento). Aunque desgastado, antiguo y reinterpretado el modelo de Maslow sigue vigente con su famosa pirámide. En la parte más alta se aloja la necesidad de trascender y la creación o logro de trabajos excepcionales como si obras de arte fueran, tienden a satisfacer esta necesidad innata en los seres humanos.

Algunos autores, entre ellos Paulo Coelho en su libro "El Peregrino", han descrito tres clases de amor por las cosas, las obras o las personas. El ágape, el amor como una pasión que consume, que mueve y que arrastra a lograr u obtener algo. El ágape como un amor especial en contraste con el amor erótico (sexual) o el amor filial (familia, amigos, trabajo). Y viene al caso porque para hacer de una obra normal, común aunque útil, una obra de arte se necesita ser apasionado por lo que se hace. Se necesita sentir ese ágape. Una pasión que consume por lograrlo, sin importar el costo o la recompensa. Y lo hace sin importar lo alto de lo primero o la inexistencia de lo segundo.

Autorretrato, Verano 1887
Vincent Van Gogh
¿Cómo fue que Vincent Van Gogh – se preguntaba su hermano Theo – se transformó de ser el hermano mayor incansablemente lleno de pasión, de bulliciosas bromas, simpatía infinita e infatigable capacidad de asombro, en un alma atormentada? El mismo Theo, nos dicen Steven Naifeh y Gregory White Smith en su libro "Van Gogh, The Life", pensó que sabía la respuesta: Vincent había sido víctima de su propio corazón fanático. C'est un fou, decían unos. Otros más describieron sus distorsionadas formas y sus impactantes colores como el producto de una mente enferma. El mismo Theo trató sin éxito de aplacar los excesos de la brocha de su hermano. "Si tan solo usara menos pintura en sus lienzos y no la aplicara en ellos tan gruesa". "Si pintara más despacio y no despachara tantas obras tan rápido". Los coleccionistas querían trabajos cuidadosamente terminados y no interminables, furiosos y convulsivos estudios a los que Vincent llamaba "pinturas llenas de pintura". Solo unos meses antes de la muerte de Vincent, por primera vez un crítico se atrevió a elogiar su obra. Van Gogh, en su etapa más creativa, vivió hacia dentro de sí mismo. Cada ola de serenidad y felicidad, así como cada trozo de dolor y desesperanza, se reflejó en sus pinturas y cada pintura en su autorretrato. "Yo quiero pintar lo que siento y sentir lo que pinto" dijo alguna vez. Extrayendo lo anterior del libro de Naifeh y White, no puedo sino imaginar que Van Gogh fue devorado por el ágape creativo al punto de expulsarlo del mundo real.

La técnica permite dormir tranquilamente, el arte desvela.

Como desveló al personaje de la novela de Arturo Pérez-Reverte, "El Maestro de Esgrima", Don Jaime Astarloa, quien noche tras noche intentó encontrar la estocada perfecta. Don Jaime quien obcecadamente se negó a defenestrar a la esgrima a la condición de un simple deporte y la mantuvo en el altar – o tal vez en la panoplia – de las artes.

A veces el precio resulta alto y la recompensa poca para aquellos atrapados en las garras del ágape. Van Gogh murió sin reconocimiento y sin haber vendido más que unas cuantas de sus obras.

El talento es también un factor. Cuantos habrá en el mundo con el ágape por algo, sin el talento necesario para llevar a cabo su pasión. Y cuantos habrá en el mundo con los talentos necesarios sin la pasión por realizarlos.

Mi reflexión interna, querido lector(a) es que aunque me hubiera gustado tener el talento de Van Gogh, no querría haber vivido su vida. Aunque me hubiera gustado haber tenido la fama y la fortuna de Steve Jobs, no me hubiera gustado ser como fue él. Amo lo que tengo y tengo lo que amo, parafraseando el retruécano de Van Gogh.



José Antonio Medina Romo
Zapopan, Jalisco, México


Lecturas:
Van Gogh, The Life: Steven Naifeh and Gregory White Smith, 2011, ISBN: 978-1-58836-047-2
Steve Jobs: Walter Isaccson, 2011, ISBN: 978-1-4516-4855-3 (ebook)
El Peregrino: Paulo Coehlo, 1988, ISBN: 970-05-1337-8
El Maestro de Esgrima: Arturo Pérez-Reverte, 1988, ISBN: 978-84-204-7248-5




 


 


 


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